La primera vez que viajas fuera de tu continente es toda una experiencia. Ya de por si cada viaje, indiferentemente del destino al que vayas, es diferente, único y especial, pero cuando sales a conocer una cultura y un país totalmente distinto al tuyo y a los que has visitado hasta ahora, un sinfín de emociones te invaden y el primer cara a cara te marca y se queda en tu recuerdo para siempre.

Nosotros escogimos para esta primera vez Marruecos, en concreto la ciudad de Marrakech. Iba con algunas ideas muy claras de lo que podía esperarme ahí (el regateo, la labia de sus habitantes, su deliciosa gastronomía, todo un festival para los sentidos) pero la realidad superaba la ficción. Y si de algo me he dado cuenta es que Marrakech es una ciudad que puedes amar y odiar al mismo tiempo; que deseas conocer hasta sus entrañas pero que a la vez te de reparo adentrarte en ella; que consigue sacar lo mejor de uno mismo y a la vez sacarte de tus casillas. Marrakech es una contradicción en si misma, una dicotomía que te cala dentro y te conquista.

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Fuimos a Marrakech en un viaje express; llegamos el jueves por la noche y regresamos el sábado por la tarde, no pudimos visitar el Atlas, conocer el desierto o hacer una escapada rápida a Essaouira -todo eso lo dejamos para la próxima- pero sí que pudimos visitar algunos monumentos de la ciudad y sobre todo disfrutar conociéndola, perdiéndonos por sus calles, enamorándonos de su gastronomía, conversando con algún comerciante e incluso nos dio tiempo a que me timaran con el precio de un tatuaje con henna y es que visitar Marrakech e irte con la sensación de que te han timado es algo típico de los viajeros que visitamos la ciudad; creo que no hay ninguno que no haya pasado por esto en algún momento.

Marrakech es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos junto a Fez, Rabat y Mequinez y fue capital del imperio islámico por lo que se entiende que sea tan rica en cultura y patrimonio. Es la ciudad con más visitas turísticas de todo el país y también la más “occidentalizada” justamente debido a ese turismo que recibe. Por si fuera poco, en sus entrañas se haya la Plaza Yamaa el – Fna, una de las plazas más concurridas no solo de África sino del mundo entero.

Es una ciudad vibrante, enérgica, que cautiva y enamora pero donde la gente es muy pesada y muy interesada, muchos intentarán que les compres algo, llevarte a la tienda de algún amigo o que les des dinero por acompañarte a algún lugar o simplemente por hacerte una foto con ellos. Es esa parte que me agotó y me irritó. Fuésemos por donde fuésemos siempre había alguien que nos hablaba en cinco idiomas diferentes (en el caso de que no les contestáramos) y es cierto que tienen mucha labia y a veces nos hacían gracia y les dábamos coba pero el primer día en la ciudad llegué a un punto de saturamiento que ya empezaba a quitármelos de encima con malas caras y palabras bordes porque me estaban sacando de quicio. Nos daba pavor incluso pararnos porque de la nada salían cuatro personas intentando llevarte o venderte un destino.

Es cierto que al segundo día eso ya no nos pasaba, habíamos aprendido que si pasábamos directamente de ellos nos dejaban en paz, caras de poker y a seguir tranquilamente sin alterarnos nosotros pero sin molestar tampoco a nadie. Esta es la cara oscura de la ciudad pero es toda una experiencia, vaya.

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Pero por cada uno que acudía a nosotros por interés, aparecían dos intentando ayudar o mantener una conversación desinteresadamente. En uno de los zocos pudimos hablar tranquilamente con uno de los comerciantes sin que nos intentase vender nada, nada más que su amor por Marrakech y sus recuerdos de cuando vivió en Barcelona. Esto también es Marrakech.

Por ahora es la única ciudad que he visitado del país pero dicen que se descubre la verdadera cultura y a sus amables y hospitalarias gentes cuando sales fuera de la ciudad y confío plenamente de que es así. Algún día lo averiguaré porque ese país, una vez lo has pisado, te cautiva y te invita a que lo sigas visitando.

Como mencione al principio, nuestro viaje fue muy rápido y no pudimos visitar todo lo que nos hubiese gustado pero aún así pudimos ver y disfrutar de algunos de los monumentos y lugares más emblemáticos de la ciudad.

Plaza Yamaa el – Fna

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Esta plaza es sin duda el corazón de la ciudad y late durante todo el día y más aún durante la noche. Es el lugar más vibrante de Marrakech donde de día puedes encontrar muchos puestos de zumos -especialmente los de naranja-, puestos con ropa, juguetes, accesorios; encantadores de serpientes, comerciantes con monos que te los ponían encima y tenías que pagarles (nosotros huíamos siempre que los veíamos xD), mujeres que intentarán embelesarte para que las dejes hacerte un tatuaje con henna (tener cuidado con ellas porque yo les dije que quería un tatuaje con un tipo de henna y dejé claro el precio que iba a pagar, ella aceptó y una vez hecho el tatuaje y al querer pagarle me lo subió casi el doble insistiendo en que yo le dije otro tipo de henna y que ese era más caro. Vamos, me la jugó en toda regla. Al final le di más de lo que había establecido con ella aunque no le pagué todo lo que me pedía, que era una burrada).

De noche la plaza se transforma para dejar lugar a los puestos de comida, a la música, a los bailes. Cenar en uno de sus puestos es toda una experiencia. Nosotros lo hicimos la primera noche y nos dejamos embaucar por el primer niño que se nos puso delante y nos llevó a su puesto, pero es que no pidmos resistirnos a tanta zalamería y a su frase estrella: más barato que Ryanair. Y la comida estaba… rica riquísima. Y muy barato. Creo que por 8€ más o menos, cenamos los dos (con bebida y aceitunas incluidas).

La Mezquita y el Minarete de la Kutubía

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Este Minarete es el lugar más emblemático de toda la ciudad y un punto de referencia. Está al sur – oeste de la Plaza Yamaa el – Fna y es el más alto de la ciudad con 66 – 77m de altura, así que para orientarte está muy bien pero también está muy bien para conocer en profundidad el arte almohade ya que es un edificio representativo de este.

A nosotros lo que más nos gustó fue rodearlo al anochecer. Es un paseo corto durante el cual podrás observar el minarete iluminado desde todos los ángulos, disfrutar de paisajes increíbles y sobre todo de la tranquilidad que se respira en ese lugar al irse el sol. De fondo se puede escuchar el murmullo de la Plaza que se está despertando (su máximo apogeo es al anochecer) pero eso no importa, porque en ese momento desearías que el tiempo se parase.

A mi me encantó sobre todo por haber podido disfrutarlo con mi pareja ya que este paseo me resultó de lo más romántico. Será el entorno sacado de una película, las luces tenues, la tranquilidad… pero nada habría sido igual sin él a mi lado en ese momento.

Los Zocos

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Aunque “zoco” significa “mercado” para los marrakechíes hace referencia a las callejuelas llenas de comercios que hay al norte de la Plaza Yamaa el – Fna y que tiñen la ciudad de colores, olores, sabores y sonidos cada cual más atractivo y apabullante. Aunque para ser sinceros, dependiendo del zoco en el cual estés, el olor no es tan atractivo (el olor a piel no es muy agradable) o lo es mucho más (ay las especias…).

Merece la pena dedicar toda una mañana o una tarde para recorrerse los zocos y perderse por ellos, porque créeme, te acabarás perdiendo y pasearas por las mismas callejuelas en varias ocasiones pero es inevitable no hacerlo porque son un laberinto.

También tendrás que tener mucho cuidado -en este caso da igual si estás en los zocos o en cualquier parte de la ciudad- con las motos y los carros llevados por burros. No paran, no te esquivan, ellos sólo pitan y siguen y eso si llegan a pitar. Eres tú el que va a tener que tener 3 ojos para no ser atropellado, eso es un caos. Y da igual que haya carteles donde pongan que están prohibidas las motos, porque las verás circular una tras una.

El zoco Haddadine, es el de los herreros, es muy recomendable porque puedes ver como trabajan con los martillos y en que condiciones lo hacen, además de ver algunos de sus trabajos que sin duda, son espectaculares. El zoco Smata es el de las babuchas; si no quieres irte de Marrakech sin uno de sus productos estrella, pasate por este zoco. Las hay de todos los colores, formas y tamaños.

Madraza Ali Ben Youssef

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Describir la belleza de este lugar es casi imposible, la majestuosidad de su patio, los detalles que posee, las claustrofóbicas habitaciones donde dormían y estudiaban los estudiantes del Corán…

Una mederesa es una escuela musulmana de estudios superiores especializadas en los estudios religiosos. La Madraza Ali Ben Youssef se construyó en 1565 para que pudiesen estudiar ahí los estudiantes de la mezquita que había al lado y que recibía el mismo nombre. Es la más grande de Marruecos y llegó a albergar alrededor de 900 estudiantes… ¡a la vez! Cuando visitéis las celdas os aseguro que intentaréis imaginaros como pudieron caber 900 personas ahí, a la vez, y no habrá manera de entenderlo.

Está abierta todos los días de 9 a 18h y a nosotros nos costó cada entrada 25 dirhams cada uno (aunque oficialmente en las guías nos ponía que valía 50 MAD).

Palacio de la Bahia

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Si hay un lugar en el cual nos entretuvimos mirando los detalles, los colores, disfrutando del sol que entraba en la plaza y de sus jardines, ese fue el Palacio de la Bahia. También fue uno de los primeros monumentos que visitamos después de perdernos -fuimos andando desde nuestro Riad hasta aquí y la verdad es que ni los mapas ni las indicaciones de la gente nos ayudaba mucho, aunque al final dimos con él- así que podemos decir que al ser de los primeros lugares que veíamos de la ciudad pues todo nos llamaba la atención. Pero de verdad, el sitio merece la pena visitar.

Este palacio se construyó a finales del siglo XIX, es bastante reciente cierto, por el gran visir del sultán Abdelaziz Si Moussa para luego pasar a manos del visir Abu Bou Ahmed y al parecer aspiraban a convertirlo en el palacio más impresionante de todos los tiempos. No me ha quedado muy claro si el objetivo era ser el más impresionante de todo el mundo o tan solo de Marruecos, pero aunque no lo hayan conseguido, el palacio es espectacular. Con 8 hectáreas de extensión, 150 habitaciones y varios patios y jardines, ya nos puede deleitar a todos. Eso si, ir tempranito que a las horas que fuimos nosotros nos morimos de calor y encima había muchísima gente.

El horario es de 9:00 – 16.30 y la entrada vale 10 MAD (1€).

Las tumbas saadíes

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Fueron descubiertas en 1917 aunque datan de finales del siglo XVI. En ellas podemos encontrar tres mausoleos donde están enterrados el creador de estas tumbas, el sultán Ahmad al-Mansur y su familia.

Se encuentran dentro de un jardín al que se accede a través de un estrecho pasillo y personalmente no me pareció para tanto. Es interesante verlas, pero es un recorrido muy rápido y que tiene muchísimos visitantes lo que implica que tengas que hacer incluso cola para poder apreciar bien las estancias. Pero la entrada solo vale 10 MAD, está en la Casba y tiene una mezquita preciosa a su lado además de un museo de las especias (al que por desgracia no fuimos).

Después de la visita fuimos a tomar algo a la cafetería que hay justo en frente, Kasbah Café. Es toda una eminencia y desde su terraza se tiene unas vistas increíbles a la ciudad y a unos nidos de cigüeñas. Fotografiar la Mezquita desde ahí es… puro amor.

Jardines de Menara

Recuerdo estos jardines de una forma muy agridulce. Los visitamos el último día, justo antes de ir al aeropuerto para regresar a España. Son unos jardines muy grandes llenos de campos de olivos y en el centro posee un pabellón y una dársena. Estaban secos cuando nosotros lo visitamos o sea que tampoco hubo gran cosa que ver. Eso sí, es un lugar muy tranquilo y hay muchísimas familias y amigos que están tirados en el suelo disfrutando del fresco de la sombra, que se agradece mucho y más en el mes de junio.

El problema fue que fuimos hasta ahí andando. Sí, en el mapa parecía mucho más cerca de lo que realmente estaba. Un mes de junio a las 14h. Un infierno. Y es que además, decidimos ir andando al aeropuerto porque en el mapa estaba prácticamente pegado a los jardines de Menara y como estos parecían estar cerca… muerte y destrucción. Tres horas después llegamos al Aeropuerto, hechos un asco, mareados por el calor -en los Jardines de Menara tuvimos que gastarnos el poco dinero que nos quedaba en un sombrero para mi y en agua fresquita porque ya veía borroso y todo. Michy se había puesto una camiseta a modo de pañuelo xD-.

Creo que nunca me alegré tanto de llegar a un aeropuerto para volver a casa que ese día. Así que, queridos míos, no hagáis esa burrada. Sí, el paseo está muy bien para conocer la cara menos conocida de la ciudad, pudimos ver camellos, olivos a mansalva y entrar a tomar el fresco en un Carrefour que tenía unos hoteles alrededor con señores cochazos aparcados delante. Pero esa locura hacerla en verano y en las horas de máximo calor, fue una barbaridad que no volvería a cometer jamás. Pero eh, ahora lo pensamos y lo contamos con una anécdota. Ahora.

Marrakech es una ciudad caótica, el trafico de coches, la cantidad de gente que hay, los comerciantes intentando venderte lo que sea, el constante regateo, los nombres de las calles que no coinciden con los de los planos, la estructura laberíntica de sus calles… pero todo es compensado cuando ves tanto arte, tanta belleza, cuando mantienes conversaciones con la gente humilde y amable de la zona, cuando comes un tajini y te hinchas a Hawaii o simplemente cuando vives la ciudad al ritmo que bombea Yamaa el – Fna.

Marrakech es una ciudad cautivadora al igual que contradictoria pero si te plantes el ir o no ir, no lo hagas más, coge el primer vuelo y lánzate a la aventura.

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