Hace unos años, en un viaje express a Rumanía por asuntos familiares, decidí salir con mi familia a visitar parte de ese país tan bonito y desconocido por muchos. Fueron dos días largos y agotadores pero en los cuales pude descubrir un poquito más del país que me vio nacer. En esta entrada os contaré uno de los destinos que vimos en esos dos días y que personalmente me fascinaron, el Transfagarasan. 

Bosque, Rumanía

Rumanía se encuentra al este de Europa formando parte de una zona desconocida, temida y muy estereotipada del continente. Se ha vendido en la Europa Occidental una imagen de los rumanos (al igual que de los búlgaros, húngaros, etc.) como ladrones, aprovechados, mafiosos que trafican con mujeres y niños y sí, los hay, no voy a defender a esa clase de gente, pero también hay españoles ladrones (sabemos que predominan dentro de la clase política), mafiosos italianos, aprovechados, asesinos, violadores… porque gente así hay en todas partes. En absolutamente todas partes.

Rumanía es un país muy desconocido en donde apenas en la última década se está fomentando el turismo -en concreto desde que ha entrado en la UE- pero que posee una potente atracción si se dejase de lado los estereotipos y se investigase un poco. También habría que dejar de lado relacionar Rumanía sólo con Drácula porque es mucho más que eso. Es un país con 7 patrimonios materiales de la Humanidad por UNESCO (Delta del Danubio, Monasterio de Horezu, Iglesia de Moldavia, Aldeas con iglesias fortificadas de Transilvania, Fortalezas dacias de los Montes de Orastia, Iglesias de madera de Maramures y el Centro Histórico de Sighisoara), además de haber propuesto 13 lugares más a ser declarados patrimonio. La capital, Bucarest, fue conocida durante el período de entre-guerras como la pequeña París; posee el mayor edificio administrativo civil del mundo (el Palacio del Parlamento Europeo) que a su vez es el edificio más grande después de El Pentágono. Los restos del Homo Sapiens más antiguos de Europa están en Rumanía en la Cueva con huesos y como curiosidad -algo friki- en Costesti está el Trovants Museum Natural Reserve que posee una piedra que crece. Sí, crece, con los años va siendo más y más grande.

Ahora voy a cortar este momento “patriótico” -si es que yo poseo algo así- y voy a hablaros de ese lugar que me dejó sin aliento y al que un día no muy lejano espero volver para sacarle jugo.

Transfagarasan.

Aunque mucha gente confunde el Transfagarasan con una montaña, realmente es una carretera que cruza las montañas Fagaras y que une el sur con el norte del país. Noventa kilómetros de curvas, puentes y túneles que alcanza los 2.034 metros de altitud en el lago Balea. La creación de esta carretera tiene lugar durante la etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial con Ceausescu al poder y con el miedo que regía en el país ante una invasión soviética. De hecho, se creó la carretera para poder defenderse y aprovisionar el país en caso de una intervención militar, algo que nunca llegó a suceder. Fue una construcción que costó millones y que por si fuera poco se llevó a muchas vidas por delante pero que actualmente es un símbolo de la resistencia y de la situación provocada por la Guerra Fría en un país que a pesar de ser comunista consiguió tener buenas relaciones con la URSS, China y Estados Unidos a la vez, gracias -en parte- a su posición estratégica.

El viaje.

Cuando emprendimos ese viaje de dos días tenía claro algunos de los puntos a los que quería ir sí o sí, lo que no sabía era que mi padre quería hacer un cambio al no ver factible todo lo que yo quería visitar en tan poco tiempo. Desde el mismo instante que llegamos a la carretera le agradecí -y sigo haciéndolo- que cambiase el Castillo Peles por el Transfagarasan porque ese día supe que las montañas eran mi amor platónico.

transfagarasan

Era un día soleado del mes de agosto, estábamos un poco cansados de tanta carretera y deseando poner los pies en la tierra cuando apareció ante nuestros ojos la carretera más espectacular que habíamos visto jamás. Subía por la montaña, al borde de los acantilados, mostrando magnificencia en cada kilómetro. Paramos cada vez que la carretera nos lo permitía, asomándonos a los diferentes miradores. Me daba pánico asomarme pero era imposible no hacerlo. El paisaje te quitaba el aliento. Cámara en mano me puse a fotografiar todo lo que mis ojos veían. Era increíble que lugares tan mágicos existieran en el mundo y más increíble aún era que hubiesen personas que quisieran estropearlos -tala de árboles, caza, creación de complejos turísticos, etc.-. A medida que íbamos subiendo la cosa se complicaba y más si teníamos en cuenta que esa estrecha y peligrosa carretera era de doble sentido. Pero al final llegamos al lago Balea, donde mi padre quería llevarnos. Nos quedamos todos sin palabras. Desde allí arriba podíamos observar toda la carretera que habíamos recorrido y eso que no acababa con nuestra parada.

Dedicamos el resto del día a pasear por alrededor del lago, a hacernos cientos de fotos con el paisaje de fondo, a soñar, a hacer planes futuros en los que veníamos para pasar unos días en la casa rural que había en el lago o con una tienda de campaña si los fuertes vientos nos lo permitía. Y también a superar miedos. Tengo pánico a las alturas pero ese sitio hizo que los dejara de lado y que con grandes (y ridículos) esfuerzos me tirase en tirolina. No hizo falta convencer a mi hermana y a mi prima a que lo hiciéramos aunque lo difícil fue que yo me soltase de la monitora pero cuando lo hice… digamos que no exagero si digo que fue una de las cosas más increíbles, placenteras y liberadoras que he hecho jamás. El viento golpeando contra mi cuerpo, la adrenalina recorriendome por completo, mis gritos de emoción y alegría haciendo eco entre las montañas y la belleza del paisaje asombrándome más y más. Toqué el suelo temblando. Le había plantado cara a uno de mis mayores miedos.

Tirolina, Trasfagarasan

Poco después decidimos bajar para volver a nuestra casa: los dos días de viaje habían acabado. Un día después tendríamos que acudir a una boda así que el regreso a casa no podía retrasarse muy a nuestro pesar. Dos días intensos, que nos unieron más como familia; dos días en los que compartimos confesiones delante de una cerveza en un jardín oscuro de un hotel de carretera, risas, miedos y futuros planes. 

He empezado las recomendaciones sobre Rumanía por el último destino que visité y que más me impresionó pero justamente por eso, porque fue el que ha quedado grabado en mi memoria como uno de los lugares más mágicos que he visitado hasta ahora y que con total seguridad volveré a visitar.

Aunque nosotros solo vimos parte de la carretera y de la zona debido al poco tiempo del que disponíamos, os recomiendo que si vais os toméis varios días para disfrutar de la zona porque además de esta carretera, en la zona podéis ver el Castillo Poenari, el Monasterio de Arges o el Valle de Stan entre muchas otras cosas.

Cómo llegar.

Generalmente esta ruta comienza en Curtea de Arges, atravesando diferentes pueblos y lugares de visita casi obligatoria, como los mencionados anteriormente (Castillo Poenari, Monasterio de Arges), pero nosotros vinimos desde Brasov, ciudad en la que habíamos pasado la noche. Desde ahí son aproximadamente 2h 30 min. de carreteras que discurren por ciudades, pueblecitos y bosques. Hay que coger la carretera DN1/E68 hasta llegar a la de Transfagarasan (o también llamada DN7C) y dejarse llevar por las cuestas, las curvas y las impresionantes vistas que te llevarán hasta el lago Balea.

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